Sendas de humo
Me acuerdo de la caída. Del caballo alejándose por el bosque. Del sonido de sus pezuñas mitigado por las hojas que cubrían la tierra y después por la distancia. Podía sentir la sangre caliente vertirse desde la herida hacia mis manos. El suelo frío contra mi pecho olía a humedad. El crujir de las hojas cuando al arrastrarme se multiplicaba en mis oídos. Me desmayé. Al despertarme, encontré un castillo que había aparecido a mi derecha. No tenía sentido su presencia a mi costado. Mi herida había secado, pero las piernas me temblaban y la tela de mi camisa se adhería a la piel. Levanté la vista y alcancé a ver las murallas. Se distinguía la silueta de un guardia apostado en la muralla exterior. Grité. Grité. Le grité y nunca me contestó. El muro parecía transpirar. La humedad formaban gruesas gotas que resbalaban por la piedra. El borde de sus paredes, donde tocaba con la hierba, estaba recubierto por una densa bruma. Una bruma como el humo blanco que viene con el fuego. Me agac...