Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como cuento breve autobiográfico

El hombre de las langostas

Imagen
Estaba sentado con la quietud de una estatua, perfectamente recto a pesar de su edad, y con la mirada extrañamente fija sobre la pecera del restaurante; parecía absorto en el lento y a veces torpe nadar de las langostas, impedidas entre las rocas artificiales y el tamaño de sus pinzas, ejecutando danzas invisibles alrededor de sí mismas, todo ello contemplaba el hombre aún si de cuando en cuando una de ellas era sacada sin mayor miramiento para ser llevada a la cocina a un destino más que cierto, sólo entonces el anciano desviaba la vista hacia la pared o bajaba la cabeza hacia el plato. Es este gesto el que me hizo pensar en mi padre, este bajar lento de la mirada, como una larga sucesión de derrotas acumuladas, reprimidas y luego expresadas por un instante, un vistazo hacia el saldo total de una vida, y como el anciano estaba solo y yo también, y como él miraba las langostas, yo había decidido mirarlo a él.             Lo ate...

Peregrina

Imagen
A salto de mata por el laberinto de mi mente. Desbocada y luego lenta, explosiva pero en paz, en movimiento despacio. Vericuetos de viejas trampas. Nadie es profeta en su tierra y ésta es tierra de nadie. Es abandono, apocalipsis; es suelo ajado de tanto arar; son heridas abiertas como cráteres de luna, son glaciares en proceso de descongelamiento; son demasiados suspiros. Dame paz para comprenderme.  Dame paciencia para encontrar la luz. Obsesionada por la luz como movida por una necesidad milenaria alojada en mi cerebro animal. Mis antepasados lagartos reclaman que me extienda sobre la piedra y me deje quemar por el sol que hoy no abrasa; hoy se esconde ,temeroso quizá de mis planes de absorberlo. No queda más que escuchar la lluvia y pensar con ella en las limpias necesarias, en las vueltas a nacer, en los acontecimientos. No queda más que marchar hacia delante. 

La espuma negra

Imagen
La marea regresa. Porque eso hacen las mareas, ¿no? Ir y venir. Sin detenerse. Sin destino. Siento la mía llegar. Me lame los pies. Susurra. Me llama a hundirse en su obscuridad. Faltan días, quizá horas, antes de verme cubierta por sus aguas negras. Su superficie inalcanzable. Sé que pronto estaré ahí de nuevo. Que tendré que luchar para respirar. Para moverme. Para escapar. Para vivir. Por el momento, disfruto de estar en la orilla. De estar a salvo. La miro de lejos y cuento el tiempo que corre sin detenerse. Antes dejarme engullir, una vez más, por el manto de una tristeza que viene y va, sin rumbo fijo; la marea de espuma negra que marca mis días. 

Despedida

Imagen
La reja abre sobre un cuadro de arena. Los días de viento se forman remolinos y el polvo se cuela por debajo de la ventanas, los domingos juegan fútbol y los gritos penetran las recámaras. Vine a cerrar esta casa que ya no pertenece a nadie pero que era de mi abuela. Recorro la cocina y palpo los mosaicos azules, las cazuelas de barro y las cajas apiladas a la espera de su nuevo dueño. Cerca del comedor, las botellas a medias recuerdan uno de los vicios de esta señora que para mí siempre tuvo el pelo blanco y la palabra ácida. No la conocí bien. Convivimos cuando ella perdía la memoria y yo atravesaba una de las peores depresiones de mi adolescencia. Lo que sé de ella me lo ha contado mi mamá, empeñada en convencerme lo mucho que me parecía a mi abuela, desde el carácter hasta ciertas facciones del rostro. En mi memoria la abuela salta de un amor imposible a otro, viaja en tren para ver a su amante casado, baila en el Cotton Club al ritmo del jazz y asiste a fiestas donde el alcoh...