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Mostrando las entradas etiquetadas como cuento fantasía

Sendas de humo

Me acuerdo de la caída. Del caballo alejándose por el bosque. Del sonido de sus pezuñas mitigado  por las hojas que cubrían la tierra y después por la distancia. Podía sentir la sangre caliente vertirse desde la herida hacia mis manos. El suelo frío contra mi pecho olía a humedad. El crujir de las hojas cuando al arrastrarme se multiplicaba en mis oídos. Me desmayé. Al despertarme, encontré un castillo que había aparecido a mi derecha. No tenía sentido su presencia a mi costado. Mi herida había secado, pero las piernas me temblaban y la tela de mi camisa se adhería a la piel. Levanté la vista y alcancé a ver las murallas. Se distinguía la silueta de un guardia apostado en la muralla exterior. Grité. Grité. Le grité y nunca me contestó. El muro parecía transpirar. La humedad formaban gruesas gotas que resbalaban por la piedra. El borde de sus paredes, donde tocaba con la hierba, estaba recubierto por una densa bruma. Una bruma como el humo blanco que viene con el fuego. Me agac...

Surcos

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Dejó que las alas le ciñeran el cuerpo, su piel acariciada por las miles de plumas y sus sentidos embotados por el oxígeno impregnado en el aire. Dejó que los brazos de él le rodearán las caderas y entonces, sólo entonces, correspondió al gesto. Buscó ente los omóplatos, en el nacimiento de las alas, el lugar donde la carne estaba más tierna y a partir de ahí, desde este punto de partida, mandó las uñas hasta el coxis, surcando en la piel, cavando zanjas, esperando sentir la sangre entre sus dedos. El grito de él, desnudo ante la maldad de ella, fue tan placentero como presenciar la muerte de un estrella, como ver un mundo apagarse en una noche clara. Las caricias que siguieron después, el consumo final de sus anhelos no fue más que la resaca de este placer original.

Haiku killer

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Se dejó caer del otro lado del muro. Estuvo largo rato observando el jardín, respirando la primavera entre los árboles. La brisa se alzó y le acarició la cara. Cuando la penumbra hubo eclipsado los cerezos, divisó la figura de Kensaku por el camino de arena. Vestía de blanco, el cabello negro recogido y, aún en la obscuridad creciente, pudo distinguir el fantasma de una sonrisa sobre sus labios. Akiko le miró la espalda, la nuca y por un instante disfrutó del deseo. Luego, esperó a que Kensaku se acercara a la casa de té y se lavara las manos y el rostro; se inclinó hacia el cucharón de madera y Akiko brincó hasta quedar pegada a su espalda. Sentía su respiración sobre el pecho y podía olerle. Se le acercó al oído y murmuró: cuchillos de fuego centellan en el lago de tu piel encendida Akiko removió la daga del cinturón y le cortó la garganta. El cuerpo de Kensaku, ya pesado de muerte, resbaló en sus brazos y ella lo depositó, suavemente, en el piso. Después, volvió a desparece...

Invierno nuclear

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Se vieron por última vez entre las cenizas de un mundo que ya no existía. La nube apenas empezaba a rescindir y, entre el cielo obscuro, filtraba una luz eléctrica. Sobre la superficie, a cada paso, se levantaba el polvo blanco que lo había cubierto todo. Se acercaron con lentitud. Ella elevó las manos y le tocó el rostro. Buscó sus facciones con los dedos y sólo después, se atrevió a mirarle a los ojos. Él hizo lo mismo y pasaron largo rato en la inmensidad del vacío, en la tierra de nadie. Pero ni siquiera los minutos de una eternidad suspendida serían suficientes. Era inútil, no se reconocían, palabras se habían perdido entre ellos. Cada uno partió de donde había venido, desde la nada hacia la nada.