
Les comparto un texto que escribí a manera de introducción para una serie de cuentos sobre Nueva Orleáns.
25 de diciembre 2007
Nueva Orleáns, Louisiana.
Al siguiente propietario de la Casa Azul,
Mi nombre es Jacob Drake. He vivido en la Casa Azul por nueve meses al día de hoy. Para el primero de enero, me habré ido.
Debajo de esta carta, encontrará un libro - empastado y de aspecto poco favorable - si decide abrirlo y leerlo, es su decisión. Pero me siento obligado a relatarle entonces algo de mi existencia y de lo que pude a aprender acerca del supuesto Club Jambalaya.
Bond Street, como se dará cuenta por usted mismo, es una de las calles más antiguas de Nueva Orléans, y yo llegué a ella por azar y las recomendaciones de un conocido cuyo nombre no mencionaré. Estaba en busca de inspiración, de un cambio, y no puedo quejarme, encontré ambos entre las paredes de esta casa.
El ritmo de Louisina es distinto, lento y pausado como el Misisipi; tendrán tiempo de sobra para explorar la “Ciudad del creciente” y los rincones de la Casa Azul.
Fue en una de estas búsquedas, propulsada por el letargo húmedo de los meses de calor, que hallé el volumen que anexo. En la cubierta no aparece título, sólo la marca en el cuero de una espiral desgastada. La única introducción reza: “Bitácora del Club Jambalaya 1960-1961”.
El documento no viene firmado y debajo de esta leyenda, a manera de introducción, viene un texto breve:
“Había una extrincable tiniebla en el abismo, agua y aliento vital, sútil e inteligente que existían por el poder divino. Nada bueno hay sobre la tierra, nada malo hay en el cielo”.
Para mí, el significado de esta palabras continúa siendo un misterio.
Después, si deciden continuar con la lectura, hallarán cinco relatos. Retazos de diarios, confesiones, crónicas e informes de procedencia desconocida. En cuanto a la calidad misma de las narraciones, algunas muestran promesas de pluma, otras impresionan por su ingenuidad. En general, resultan entretenidas.
La ventaja de ser escritor, una de las pocas, es la libertad de ocio que nos adjudicamos. Uno busca con inquietud ferviente un pretexto para no acudir a la mesa del estudio. En mi caso, el Club Jambalaya se presentó como una salvación, la razón ideal para postponer mi trabajo. Así que me lancé en la investigación, por lo menos exhaustiva, de los supuestos compiladores del libro.
Me encataría decirle que voy a legarles un profundo conocimiento sobre el tema. Nada me hubiera gustado más pues ya tendría material para un libro exitoso, pero tengo que reconocer que los resultados fueron magros. Consulté a místicos, brujos, esotéricos, herméticos, pitagoristas y profesores de universidad; cada uno con teorías y rumores, ninguno con pruebas fehacientes de la existencia del Club.
Si existió, hace varias décadas que sus miembros se han sumido en el silencio. Fueron, por lo que recolecté, un grupo de apasionados de la historia de Nueva Orléans, de lo oculto y lo trágico de la ciudad. Se juntaban una vez al año para compartir y dejar constancia de los eventos sobrenaturales más impactantes. Su presidente cambiaba cada ciclo y la identidad de sus asociados permaneció en el anonimato.
Sólo puedo suponer que uno de sus miembros, sino es que su presidente, habitó en su momento la Casa Azul. Quizá fuese el mismo propietario actual que nunca me han presentado.
Estuve tentado a llevarme el libro, pero preferí dejarlo como herencia para el siguiente propietario, es decir usted que lee esta carta. Tomélo como regalo de bienvenida.
Debo advertirle que la casa tiene sus propios fenómenos inquietantes, en especial el último piso. No quiero prejuiciarlo ni espantarlo, solamente aconsejarlo que evite los espejos pasada la medianoche. Por lo demás, puede confiar en la casa, ella cuida de sus habitantes.
Le desea la mejor de las suertes,
Jacob Drake.
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