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El hombre de las langostas

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Estaba sentado con la quietud de una estatua, perfectamente recto a pesar de su edad, y con la mirada extrañamente fija sobre la pecera del restaurante; parecía absorto en el lento y a veces torpe nadar de las langostas, impedidas entre las rocas artificiales y el tamaño de sus pinzas, ejecutando danzas invisibles alrededor de sí mismas, todo ello contemplaba el hombre aún si de cuando en cuando una de ellas era sacada sin mayor miramiento para ser llevada a la cocina a un destino más que cierto, sólo entonces el anciano desviaba la vista hacia la pared o bajaba la cabeza hacia el plato. Es este gesto el que me hizo pensar en mi padre, este bajar lento de la mirada, como una larga sucesión de derrotas acumuladas, reprimidas y luego expresadas por un instante, un vistazo hacia el saldo total de una vida, y como el anciano estaba solo y yo también, y como él miraba las langostas, yo había decidido mirarlo a él.             Lo ate...

Luz verde

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Foto de Deviantart Ella habla. Él la mira de lado. Se pregunta si en el fondo sigue siendo la misma, si queda algo de aquella chica tan alegre que conoció hace una década. Ella sigue hablando, no espera que él participe y él no hace ningún esfuerzo por interrumpirla. Sin buscarlo cuestiona su elección de pareja, siente que si tuviera que elegir hoy, sería distinto, sería otra. Ella se calla, pone su mano en la rodilla de él. El semáforo pasa a verde, avanzan.

Al borde

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Void by Scope Sobre la mesa una copa, en la copa un hielo y mi mano que tiembla. Te he visto cruzar la pista como fantasma de otros tiempos, escondido entre los demás; imposible pero cierto que te vea hoy, luego de tantos años de habernos perdido. Apenas recuerdo el tono de tu voz, los contornos de tu rosto, un breve parpadeo y tu imagen se borra; no te volveré a encontrar. Prefiero apurar la copa y acallar los temblores con las manos por debajo de la mesa;  que nadie vea el desconcierto que provocan los muertos cuando han vuelto a caminar entre nosotros. 

Autopsia del viaje

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Puertas. Entrar, salir. Reconocerte, a ti. Entre miles sólo tú. En la multitud saberte extraña. Porque perteneces a otro mapa, tiempo. Cuando los años todavía no cobraban factura. La memoria me habla del verano, del hallazgo. Encender tu mirada con la intensidad de mi deseo. Deja que te hable de lo que vengo cultivando. Un boleto, una caja, un número de vuelo. La cadencia de tu cabello, ritmo olvidado. Carcajadas en el fondo del armario. Una caja donde guardarlo todo. Atardecer de una despedida. Adiós en silencio. Tus ojos. Puertas. 

Tenemos una cita el lunes

Eso creo yo, al menos. Aunque debo aceptar que el lunes no es un día ordinario para una cita: no es un viernes de cine, una comida el sábado o un domingo de plaza. No es ni siquiera un martes de café o un miércoles casual. Es el inicio de la semana, de ahí que pudiera ser un buen presagio (el augurio de vernos toda la semana), o una fecha señalada para el acabose (el lunes la corto, lo juro). Los lunes se empiezan las dietas, se proponen las resoluciones, se cambian los hábitos, se hacen promesas que a duras penas viven 48 horas; no puedo evitar preguntarme el porqué de esta cita. Rebusco en las fechas, en la memoria, para discernir el motivo tras esta elección de día, y me pregunto también, de paso, como voy a sobrevivir el fin de semana. 

Morfología de un aullido

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Lo nuestro terminó en un grito. Y no era de sorprenderse puesto que todo lo que tenía que ver con el Dr. Viel, en este momento apenas el joven Günter Viel, pasante de medicina, hoy en día una eminencia en cardiología, todo lo que giraba entorno al Dr. Viel en esa época – cuando era todavía mi novio y no un viudo de 59 años- eran alaridos pulmonares y agudas quejas. Al joven Günter se le había metido en la cabeza revolucionar la medicina, razón por la cual me tenía tan abandona y poco contenta, le había dado por enfrascarse en un estudio preciso de los gritos de pacientes del hospital general como forma de evaluar tanto la proveniencia del dolor como el grado de sufrimiento del mismo. Sobra decir que el único logro del estudio fue atraer miradas suspicaces de sus colegas y luego un descarte total de semejante escala de medición. Como colateral, hubo también una fuerte afectación del oído derecho del Dr. Viel que nunca le permitió recuperar por completo su capacidad de audición. E...

La espuma negra

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La marea regresa. Porque eso hacen las mareas, ¿no? Ir y venir. Sin detenerse. Sin destino. Siento la mía llegar. Me lame los pies. Susurra. Me llama a hundirse en su obscuridad. Faltan días, quizá horas, antes de verme cubierta por sus aguas negras. Su superficie inalcanzable. Sé que pronto estaré ahí de nuevo. Que tendré que luchar para respirar. Para moverme. Para escapar. Para vivir. Por el momento, disfruto de estar en la orilla. De estar a salvo. La miro de lejos y cuento el tiempo que corre sin detenerse. Antes dejarme engullir, una vez más, por el manto de una tristeza que viene y va, sin rumbo fijo; la marea de espuma negra que marca mis días. 

Despedida

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La reja abre sobre un cuadro de arena. Los días de viento se forman remolinos y el polvo se cuela por debajo de la ventanas, los domingos juegan fútbol y los gritos penetran las recámaras. Vine a cerrar esta casa que ya no pertenece a nadie pero que era de mi abuela. Recorro la cocina y palpo los mosaicos azules, las cazuelas de barro y las cajas apiladas a la espera de su nuevo dueño. Cerca del comedor, las botellas a medias recuerdan uno de los vicios de esta señora que para mí siempre tuvo el pelo blanco y la palabra ácida. No la conocí bien. Convivimos cuando ella perdía la memoria y yo atravesaba una de las peores depresiones de mi adolescencia. Lo que sé de ella me lo ha contado mi mamá, empeñada en convencerme lo mucho que me parecía a mi abuela, desde el carácter hasta ciertas facciones del rostro. En mi memoria la abuela salta de un amor imposible a otro, viaja en tren para ver a su amante casado, baila en el Cotton Club al ritmo del jazz y asiste a fiestas donde el alcoh...

El tiempo que se agota

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Calico se mordió el labio. Un hilo de sangre se coló en su boca. Se arrepintió de haber salido sin avisar. Cierto que había cruzado la puerta sin saber a dónde se dirigía y que, en realidad, sólo había ido hasta el viejo mercado, a despejar la mente. Pero sentada en el metro vacío comenzaba a dudar de su atrevimiento. La cabeza le daba vueltas. Releía mentalmente el mensaje recibido por la tarde sin que las repeticiones aclararán el significado. Se concentró en el piso, mezcla de caucho y viejos chicles, y en los anuncios que desfilaban por las pantallas. En el techo, las luces amarillentas emitían un débil gemido de insecto moribundo. Calico estuvo por saltar de alegría cuando vio a la vieja entrar y sentarse en la misma fila. La anciana, en toda su debilidad física, le proporcionó una falsa seguridad. Sin querer, le estaba sonriendo. En la siguiente parada, entraron los hombres amarillos. Cruzaban la ciudad, enfundados en sus trajes anticontaminación, suscitando admiración ent...

La corte de los venenos

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La marquesa de Brinvilliers subió al caldazo. Con su pelo lacio y rubio y sus ojos azules y sus labios de fresa, le fue difícil a la concurrencia, normalmente despiadada, hacer uso de las verduras podridas que habían traído para la ocasión. La marquesa conservaba un aire infantil por lo que era penoso creer que hubiese envenenado, a sangre fría y a lo largo de varios años, a los enfermos de la caridad, a su padre y a sus dos hermanos. Agitó su melena libre de pelucas y tomó la palabra. El pueblo, debajo, enmudeció para escucharla: “Yo, Marie Madeleine Marguerite d’Aubray, hija d’Antoine Dreux d’Aubray, teniente civil del Chatelet de Paris, Marquise de Brinvilliers, me arrepiento. Hoy me juzgan y hoy me matan porque alguna cabeza ha de caer y mientras yo muero la nobleza queda impune, lejos de la justicia, en la corte que se pudre con el veneno de las envidias. Así, muero por todos, arrepentida y entregada a Dios” Los que miraban la ejecución, dudaron en aplaudir el discurso de ti...

Animal escaso

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El guerrero se sentó entre las raíces de árbol que cubrían el suelo. Se apoyó sobre el tronco y sacó su cuchillo de mango de nácar. En la otra mano sostenía el cuerno. Estaba siguiendo instrucciones. Mata un unicornio. Arráncale el cuerno. Parte el cuerno en siete y tállalo hasta que no quede más que polvo. Mezcla el polvo con vino. Tómate la mezcla. Mientras partía el cuerno, recordó las palabras de la bruja: serás el hombre más poderoso del mundo, eterno entre los mortales. Sintió un escalofrío. Placer y miedo. Pensó en lo que había hecho. El acecho en el bosque, nueve días y nueve noches, observando el mismo claro hasta que el unicornio apareció. La luz del sol se filtraba entre las copas y se reflejaba sobre el blanco pelaje. Irradiaba paz. Una flecha del guerrero no fue suficiente. Tuvo que llenarle el cuello de puntas, de metal, hasta que la sangre manchó el blanco pelaje. El guerrero se acercó al animal y vio en sus ojos moribundos un atisbo de misericordia. Piedad p...

Haiku killer

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Se dejó caer del otro lado del muro. Estuvo largo rato observando el jardín, respirando la primavera entre los árboles. La brisa se alzó y le acarició la cara. Cuando la penumbra hubo eclipsado los cerezos, divisó la figura de Kensaku por el camino de arena. Vestía de blanco, el cabello negro recogido y, aún en la obscuridad creciente, pudo distinguir el fantasma de una sonrisa sobre sus labios. Akiko le miró la espalda, la nuca y por un instante disfrutó del deseo. Luego, esperó a que Kensaku se acercara a la casa de té y se lavara las manos y el rostro; se inclinó hacia el cucharón de madera y Akiko brincó hasta quedar pegada a su espalda. Sentía su respiración sobre el pecho y podía olerle. Se le acercó al oído y murmuró: cuchillos de fuego centellan en el lago de tu piel encendida Akiko removió la daga del cinturón y le cortó la garganta. El cuerpo de Kensaku, ya pesado de muerte, resbaló en sus brazos y ella lo depositó, suavemente, en el piso. Después, volvió a desparece...

Jambalaya Club

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Les comparto un texto que escribí a manera de introducción para una serie de cuentos sobre Nueva Orleáns. 25 de diciembre 2007 Nueva Orleáns, Louisiana. Al siguiente propietario de la Casa Azul, Mi nombre es Jacob Drake. He vivido en la Casa Azul por nueve meses al día de hoy. Para el primero de enero, me habré ido. Debajo de esta carta, encontrará un libro - empastado y de aspecto poco favorable - si decide abrirlo y leerlo, es su decisión. Pero me siento obligado a relatarle entonces algo de mi existencia y de lo que pude a aprender acerca del supuesto Club Jambalaya. Bond Street, como se dará cuenta por usted mismo, es una de las calles más antiguas de Nueva Orléans, y yo llegué a ella por azar y las recomendaciones de un conocido cuyo nombre no mencionaré. Estaba en busca de inspiración, de un cambio, y no puedo quejarme, encontré ambos entre las paredes de esta casa. El ritmo de Louisina es distinto, lento y pausado como el Misisipi; tendrán tiempo de sobra para explo...