
Mientes tan bien que no quiero contradecirte. Dame falsas esperanzas. Quiero que me sigas llenando de equívocos, quiero que me crezcas estas alas que tanto placer tienes en quebrar. No me vengas con verdades, son siempre tan crudas, duelen en su banalidad, con su sabor a limón sobre herida. Quiero que tus mentiras se mezclen con mi sangre hasta volverse dogmas para cuestionarlas luego, en soledad, y rasgarme a cuenta gotas.
Dime una vez más que me quieres, que me adoras; pon en marcha los engranes del engaño, el preciso mecanismo con el cual nos encontramos sin hallarnos nunca. No bajes tu copa, tu voz de desliza, tus palabras empalagan, son mis horas más dulces cuando te escucho hablarme y pensarme con otra en la memoria. No rompas el delicado equilibrio de la seducción, mi embustero, no te calles ahora cuando te deseo profeta y necesito creerte.
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