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Mostrando las entradas etiquetadas como cuento breve amor

Luz verde

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Foto de Deviantart Ella habla. Él la mira de lado. Se pregunta si en el fondo sigue siendo la misma, si queda algo de aquella chica tan alegre que conoció hace una década. Ella sigue hablando, no espera que él participe y él no hace ningún esfuerzo por interrumpirla. Sin buscarlo cuestiona su elección de pareja, siente que si tuviera que elegir hoy, sería distinto, sería otra. Ella se calla, pone su mano en la rodilla de él. El semáforo pasa a verde, avanzan.

Al borde

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Void by Scope Sobre la mesa una copa, en la copa un hielo y mi mano que tiembla. Te he visto cruzar la pista como fantasma de otros tiempos, escondido entre los demás; imposible pero cierto que te vea hoy, luego de tantos años de habernos perdido. Apenas recuerdo el tono de tu voz, los contornos de tu rosto, un breve parpadeo y tu imagen se borra; no te volveré a encontrar. Prefiero apurar la copa y acallar los temblores con las manos por debajo de la mesa;  que nadie vea el desconcierto que provocan los muertos cuando han vuelto a caminar entre nosotros. 

Tenemos una cita el lunes

Eso creo yo, al menos. Aunque debo aceptar que el lunes no es un día ordinario para una cita: no es un viernes de cine, una comida el sábado o un domingo de plaza. No es ni siquiera un martes de café o un miércoles casual. Es el inicio de la semana, de ahí que pudiera ser un buen presagio (el augurio de vernos toda la semana), o una fecha señalada para el acabose (el lunes la corto, lo juro). Los lunes se empiezan las dietas, se proponen las resoluciones, se cambian los hábitos, se hacen promesas que a duras penas viven 48 horas; no puedo evitar preguntarme el porqué de esta cita. Rebusco en las fechas, en la memoria, para discernir el motivo tras esta elección de día, y me pregunto también, de paso, como voy a sobrevivir el fin de semana. 

Algoritmo

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Quisiera conocer las operaciones necesarias para descifrarte. Tener a la mano aquellas coordenadas, ordenadas y finitas, que trazan el mapa de tu mente. Conocer las fracciones que suman tu todo y cada una de las partes que se me escapan porque tus números son mis letras y tus ecuaciones permanecen impenetrables. Haría falta tener un manual de usuario, una guía a prueba de idiotas, en su defecto un adivino, un acto de magia para que tus palabras y mis palabras se encontrarán en el mismo plano y pudiéramos, al fin, entendernos.  

El tiempo que se agota

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Calico se mordió el labio. Un hilo de sangre se coló en su boca. Se arrepintió de haber salido sin avisar. Cierto que había cruzado la puerta sin saber a dónde se dirigía y que, en realidad, sólo había ido hasta el viejo mercado, a despejar la mente. Pero sentada en el metro vacío comenzaba a dudar de su atrevimiento. La cabeza le daba vueltas. Releía mentalmente el mensaje recibido por la tarde sin que las repeticiones aclararán el significado. Se concentró en el piso, mezcla de caucho y viejos chicles, y en los anuncios que desfilaban por las pantallas. En el techo, las luces amarillentas emitían un débil gemido de insecto moribundo. Calico estuvo por saltar de alegría cuando vio a la vieja entrar y sentarse en la misma fila. La anciana, en toda su debilidad física, le proporcionó una falsa seguridad. Sin querer, le estaba sonriendo. En la siguiente parada, entraron los hombres amarillos. Cruzaban la ciudad, enfundados en sus trajes anticontaminación, suscitando admiración ent...

Festina lente

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No la conocía, ni ella a mí. El bar no era de los que suelo frecuentar ni ella era mi tipo de chica. Comenzamos a platicar después del cuarto tequila y lo que nos dijimos fue irrelevante. Yo no tenía el corazón roto ni el alma pisoteada, no me faltaba dinero ni fiestas a las que asistir. Pero estaba cansado de los viernes, de los días, de mi ropa y de mi cara en los reflejos. En su departamento, sonaba la voz lánguida de Nina Simone: I want a little sugar in my bowl/I want a little sweetness down in my soul . Me gustaron también las fotografías que adornaban las paredes. Me perdí en el dragón que abría sus alas de tinta en su espalda, en la serpiente enroscada sobre el hueso de su cadera, en el sabor a tabaco de su aliento y el limón de sus labios. Tomé refugio en su cuello y me sumergí en la piel de sus hombros. Ella agarró mi cabeza entre sus manos, se acercó a mi oreja y suspiró: apresúrate despacio. Luego me hundí en una obscuridad espesa, una noche cuyo único amanecer fu...