
Calico se mordió el labio. Un hilo de sangre se coló en su boca. Se arrepintió de haber salido sin avisar. Cierto que había cruzado la puerta sin saber a dónde se dirigía y que, en realidad, sólo había ido hasta el viejo mercado, a despejar la mente. Pero sentada en el metro vacío comenzaba a dudar de su atrevimiento.
La cabeza le daba vueltas. Releía mentalmente el mensaje recibido por la tarde sin que las repeticiones aclararán el significado. Se concentró en el piso, mezcla de caucho y viejos chicles, y en los anuncios que desfilaban por las pantallas. En el techo, las luces amarillentas emitían un débil gemido de insecto moribundo.
Calico estuvo por saltar de alegría cuando vio a la vieja entrar y sentarse en la misma fila. La anciana, en toda su debilidad física, le proporcionó una falsa seguridad. Sin querer, le estaba sonriendo.
En la siguiente parada, entraron los hombres amarillos. Cruzaban la ciudad, enfundados en sus trajes anticontaminación, suscitando admiración entre los habitantes de la ciudad. Sobre la boca, la ancha máscara amarilla les daba aspecto de patos deformes.
Calico revisó las noticias en su teléfono: ninguna alerta. De hecho, habían pasado meses desde la última y ella se puso nerviosa.
La anciana dormía en su asiento, meciéndose al ritmo del tren. Calico apenas alzaba la cabeza, lo hacía por momentos, como al tomar aire entre brazadas. Uno de los hombres de traje, tras el vidrio, fijó su mirada, sin que Calico pudiera leer el mensaje contenido en los ojos apresados. Le pareció que le estaban haciendo una señal, que las pupilas movedizas podían estar señalando las puertas.
Ella ignoró la referencia. Faltaban tres paradas para su casa y lo demás era paranoia de medianoche. El hombre desvió la mirada, atento a la voz dentro del casco que Calico no podía escuchar. Decidió que lo mejor era, para calmar sus nervios, cambiar de compartimento. Se levantó, aunque no alcanzó la puerta.
Los hombres amarillos habían comenzado a soltar el gas.
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