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Mostrando las entradas etiquetadas como cuento ficción oriental breve

La venganza de Akiko Morikate

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Del balsero, alcanzaba a ver la nuca y el nacimiento del pelo debajo del sombrero de junco. Akiko se puso de pie. La brisa se había levantado y le salpicaba el rostro. La isla comenzaba a dibujarse entre la niebla y, en el punto más alto, podía distinguirse los relieves del castillo de Shiko. Akiko sintió su corazón acelerarse. Con verlo a lo lejos reconstruía en su mente cada una de las habitaciones en las que había transcurrido una infancia feliz y apacible. Pensó en la madre que nunca había llegado a conocer y en el padre cuyos brazos pronto estrecharía. Empezó a elaborar planes para el verano que acababa de iniciar. La humedad se pegaba a la piel de sus brazos y sobre su cuello, pero ella saboreaba el rencuentro con los paisajes de agua y azul. Cuando los árboles se tornarán naranjas, ya tendría que estar de regreso en Kyoto. Tenía mucho que contarle a su padre sobre sus alumnos, sobre la ciudad que cambiaba constantemente y sobre el emperador. Su padre, Kitamura, respetado ha...

La corte de los venenos

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La marquesa de Brinvilliers subió al caldazo. Con su pelo lacio y rubio y sus ojos azules y sus labios de fresa, le fue difícil a la concurrencia, normalmente despiadada, hacer uso de las verduras podridas que habían traído para la ocasión. La marquesa conservaba un aire infantil por lo que era penoso creer que hubiese envenenado, a sangre fría y a lo largo de varios años, a los enfermos de la caridad, a su padre y a sus dos hermanos. Agitó su melena libre de pelucas y tomó la palabra. El pueblo, debajo, enmudeció para escucharla: “Yo, Marie Madeleine Marguerite d’Aubray, hija d’Antoine Dreux d’Aubray, teniente civil del Chatelet de Paris, Marquise de Brinvilliers, me arrepiento. Hoy me juzgan y hoy me matan porque alguna cabeza ha de caer y mientras yo muero la nobleza queda impune, lejos de la justicia, en la corte que se pudre con el veneno de las envidias. Así, muero por todos, arrepentida y entregada a Dios” Los que miraban la ejecución, dudaron en aplaudir el discurso de ti...

Las mañanas del emperador

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Cruzó el jardín elevado y admiró las flores que habían surgido durante la primavera. Podía imaginar a sus espaldas los doce techos inclinados del palacio, las estatuas guardianas de las escaleras reales y la plaza, todavía desierta. Qin, el emperador, el Yang, dueño de lo que abarcaban sus ojos y mucho más. Las provincias ya no eran reinos. Lo antiguo había sido reemplazado y él tenía un nuevo nombre: un nombre eterno surgido de su mente imperial durante la noche. Al oeste, alcanzaba a distinguir el Monte Hua, la montaña sagrada, y pensó que escuchaba también la corriente del Río Wei caer en el lago que rodeaba el palacio. Se preguntó si, de subir a la cima de la montaña, lograría ver el esqueleto de la Gran Muralla que, le había prometido Si Li, avanzaba con la rapidez de los miles de hombres abocados a la tarea. Biao, su secretario, se presentó con su acostumbrado silencio de fantasma discreto. El pelo muy obscuro sólo resaltaba su palidez y los ojos entrecerrados del secret...