Las mañanas del emperador

Cruzó el jardín elevado y admiró las flores que habían surgido durante la primavera. Podía imaginar a sus espaldas los doce techos inclinados del palacio, las estatuas guardianas de las escaleras reales y la plaza, todavía desierta. Qin, el emperador, el Yang, dueño de lo que abarcaban sus ojos y mucho más. Las provincias ya no eran reinos. Lo antiguo había sido reemplazado y él tenía un nuevo nombre: un nombre eterno surgido de su mente imperial durante la noche. Al oeste, alcanzaba a distinguir el Monte Hua, la montaña sagrada, y pensó que escuchaba también la corriente del Río Wei caer en el lago que rodeaba el palacio. Se preguntó si, de subir a la cima de la montaña, lograría ver el esqueleto de la Gran Muralla que, le había prometido Si Li, avanzaba con la rapidez de los miles de hombres abocados a la tarea. Biao, su secretario, se presentó con su acostumbrado silencio de fantasma discreto. El pelo muy obscuro sólo resaltaba su palidez y los ojos entrecerrados del secretario no permitían distinguir si estaba despierto o dormido. Por hoy, sostenía con firmeza el pergamino y aguardaba las palabras de su señor. Qin, el emperador, dijo: Anota, Biao. “Nosotros somos el primer emperador y nuestros sucesores serán el segundo y el tercer emperador y así hasta llegar a las diez mil generaciones. Nuestro nombre será Qin Shi Huang, para honrar a los Tres Augustos y a los Cinco Soberanos que reinaron después de ellos y más que ellos aquí en la Tierra y en la Eternidad. Hasta donde alcance la vista, todos los territorios, las provincias otrora separadas, serán un sólo imperio y todos los que habiten bajo el arco de su cielo serán sus sujetos y sobre ellos, por encima de ellos, reinará un sólo monarca, un sabio monarca: el Primer Emperador, Qin Shi Huang.” Terminó la proclama y la selló con el labrado imperial. Por el resto de la jornada, el Emperador estuvo distraído. Mandó a encarcelar unos 10 mil hombres que necesitaba para trabajar las carreteras, creó un nuevo impuesto y, a instancia de Si Li, su fiel ministro, ordenó construir una biblioteca. De esto último, no se acordaría hasta ver el extraño edificio interrumpir el orden arquitectónico de su palacio. Poco importaba, ahora tenía un nombre nuevo, un título eterno. Sólo le faltaba conquistar la inmortalidad, pero, de eso, se ocuparía mañana.

Comentarios

Flexis ha dicho que…
Pero quedo encerrado en una estatua de terracota hasta que Brendan Frazer llega a matarlo.... We want more Ninja :P
Vedril ha dicho que…
Qué no los de estatuas de terracota se los comia una bruja que vivia en una casa de dulce en medio de un bosque???

La inmortalidad se consigue nivelando una montaña para que los dioses vengan a un banquete, y ya entrado en vino se les pide un deseo... al menos eso dijo alguno de los ministros...
Flexis ha dicho que…
Asi es, y las remojaba en café
Anónimo ha dicho que…
Para la inmortalidad tal vez baste con una buena "donación especial" a los dioses (que en eso de la corrupción hasta parecen gobernadores... o emperadores).
Flexis ha dicho que…
The gods are not corrupt... they only act in mysterious ways... but they do demand more Ninja...
Alexia Lefebvre ha dicho que…
Sí, Felix. Los dios han sido escuchados. La próxima semana, vendrá más ninja.

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