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Mostrando las entradas etiquetadas como ficción

Luz verde

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Foto de Deviantart Ella habla. Él la mira de lado. Se pregunta si en el fondo sigue siendo la misma, si queda algo de aquella chica tan alegre que conoció hace una década. Ella sigue hablando, no espera que él participe y él no hace ningún esfuerzo por interrumpirla. Sin buscarlo cuestiona su elección de pareja, siente que si tuviera que elegir hoy, sería distinto, sería otra. Ella se calla, pone su mano en la rodilla de él. El semáforo pasa a verde, avanzan.

Al borde

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Void by Scope Sobre la mesa una copa, en la copa un hielo y mi mano que tiembla. Te he visto cruzar la pista como fantasma de otros tiempos, escondido entre los demás; imposible pero cierto que te vea hoy, luego de tantos años de habernos perdido. Apenas recuerdo el tono de tu voz, los contornos de tu rosto, un breve parpadeo y tu imagen se borra; no te volveré a encontrar. Prefiero apurar la copa y acallar los temblores con las manos por debajo de la mesa;  que nadie vea el desconcierto que provocan los muertos cuando han vuelto a caminar entre nosotros. 

La espuma negra

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La marea regresa. Porque eso hacen las mareas, ¿no? Ir y venir. Sin detenerse. Sin destino. Siento la mía llegar. Me lame los pies. Susurra. Me llama a hundirse en su obscuridad. Faltan días, quizá horas, antes de verme cubierta por sus aguas negras. Su superficie inalcanzable. Sé que pronto estaré ahí de nuevo. Que tendré que luchar para respirar. Para moverme. Para escapar. Para vivir. Por el momento, disfruto de estar en la orilla. De estar a salvo. La miro de lejos y cuento el tiempo que corre sin detenerse. Antes dejarme engullir, una vez más, por el manto de una tristeza que viene y va, sin rumbo fijo; la marea de espuma negra que marca mis días. 

La corte de los venenos

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La marquesa de Brinvilliers subió al caldazo. Con su pelo lacio y rubio y sus ojos azules y sus labios de fresa, le fue difícil a la concurrencia, normalmente despiadada, hacer uso de las verduras podridas que habían traído para la ocasión. La marquesa conservaba un aire infantil por lo que era penoso creer que hubiese envenenado, a sangre fría y a lo largo de varios años, a los enfermos de la caridad, a su padre y a sus dos hermanos. Agitó su melena libre de pelucas y tomó la palabra. El pueblo, debajo, enmudeció para escucharla: “Yo, Marie Madeleine Marguerite d’Aubray, hija d’Antoine Dreux d’Aubray, teniente civil del Chatelet de Paris, Marquise de Brinvilliers, me arrepiento. Hoy me juzgan y hoy me matan porque alguna cabeza ha de caer y mientras yo muero la nobleza queda impune, lejos de la justicia, en la corte que se pudre con el veneno de las envidias. Así, muero por todos, arrepentida y entregada a Dios” Los que miraban la ejecución, dudaron en aplaudir el discurso de ti...

Animal escaso

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El guerrero se sentó entre las raíces de árbol que cubrían el suelo. Se apoyó sobre el tronco y sacó su cuchillo de mango de nácar. En la otra mano sostenía el cuerno. Estaba siguiendo instrucciones. Mata un unicornio. Arráncale el cuerno. Parte el cuerno en siete y tállalo hasta que no quede más que polvo. Mezcla el polvo con vino. Tómate la mezcla. Mientras partía el cuerno, recordó las palabras de la bruja: serás el hombre más poderoso del mundo, eterno entre los mortales. Sintió un escalofrío. Placer y miedo. Pensó en lo que había hecho. El acecho en el bosque, nueve días y nueve noches, observando el mismo claro hasta que el unicornio apareció. La luz del sol se filtraba entre las copas y se reflejaba sobre el blanco pelaje. Irradiaba paz. Una flecha del guerrero no fue suficiente. Tuvo que llenarle el cuello de puntas, de metal, hasta que la sangre manchó el blanco pelaje. El guerrero se acercó al animal y vio en sus ojos moribundos un atisbo de misericordia. Piedad p...

Haiku killer

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Se dejó caer del otro lado del muro. Estuvo largo rato observando el jardín, respirando la primavera entre los árboles. La brisa se alzó y le acarició la cara. Cuando la penumbra hubo eclipsado los cerezos, divisó la figura de Kensaku por el camino de arena. Vestía de blanco, el cabello negro recogido y, aún en la obscuridad creciente, pudo distinguir el fantasma de una sonrisa sobre sus labios. Akiko le miró la espalda, la nuca y por un instante disfrutó del deseo. Luego, esperó a que Kensaku se acercara a la casa de té y se lavara las manos y el rostro; se inclinó hacia el cucharón de madera y Akiko brincó hasta quedar pegada a su espalda. Sentía su respiración sobre el pecho y podía olerle. Se le acercó al oído y murmuró: cuchillos de fuego centellan en el lago de tu piel encendida Akiko removió la daga del cinturón y le cortó la garganta. El cuerpo de Kensaku, ya pesado de muerte, resbaló en sus brazos y ella lo depositó, suavemente, en el piso. Después, volvió a desparece...