La marquesa de Brinvilliers subió al caldazo. Con su pelo lacio y rubio y sus ojos azules y sus labios de fresa, le fue difícil a la concurrencia, normalmente despiadada, hacer uso de las verduras podridas que habían traído para la ocasión. La marquesa conservaba un aire infantil por lo que era penoso creer que hubiese envenenado, a sangre fría y a lo largo de varios años, a los enfermos de la caridad, a su padre y a sus dos hermanos. Agitó su melena libre de pelucas y tomó la palabra. El pueblo, debajo, enmudeció para escucharla: “Yo, Marie Madeleine Marguerite d’Aubray, hija d’Antoine Dreux d’Aubray, teniente civil del Chatelet de Paris, Marquise de Brinvilliers, me arrepiento. Hoy me juzgan y hoy me matan porque alguna cabeza ha de caer y mientras yo muero la nobleza queda impune, lejos de la justicia, en la corte que se pudre con el veneno de las envidias. Así, muero por todos, arrepentida y entregada a Dios” Los que miraban la ejecución, dudaron en aplaudir el discurso de ti...