
Del balsero, alcanzaba a ver la nuca y el nacimiento del pelo debajo del sombrero de junco. Akiko se puso de pie. La brisa se había levantado y le salpicaba el rostro. La isla comenzaba a dibujarse entre la niebla y, en el punto más alto, podía distinguirse los relieves del castillo de Shiko.
Akiko sintió su corazón acelerarse. Con verlo a lo lejos reconstruía en su mente cada una de las habitaciones en las que había transcurrido una infancia feliz y apacible. Pensó en la madre que nunca había llegado a conocer y en el padre cuyos brazos pronto estrecharía. Empezó a elaborar planes para el verano que acababa de iniciar.
La humedad se pegaba a la piel de sus brazos y sobre su cuello, pero ella saboreaba el rencuentro con los paisajes de agua y azul. Cuando los árboles se tornarán naranjas, ya tendría que estar de regreso en Kyoto. Tenía mucho que contarle a su padre sobre sus alumnos, sobre la ciudad que cambiaba constantemente y sobre el emperador. Su padre, Kitamura, respetado haijin, antiguo daimyo de la isla, le enseñaría sus nuevos haikus, sus dibujos. Practicarían la espada por las rocas de Shiko.
El sonido del choque de las maderas la sacó de su ensoñación. El embarcadero se alargaba hasta reunirse con el camino y los primeros pescadores se aprestaban en sus embarcaciones. Akiko agradeció al balsero que seguía sin enseñarle la cara y descendió buscando con la mirada la sólida complexión de Yumi o las canas de Umiko, pero ninguno de los sirvientes del castillo habían bajado por ella. Se atrevió a preguntarle a un pescador.
- ¿Has visto a la gente del kazoku esta mañana?
El hombre se limitó a negar con la cabeza y le escondió los ojos. Akiko emprendería el camino por sí misma. No se cruzó co nadie y se detuvo hasta el cedro que ella había apodado Viejo Guardián y desde cuya sombra se apreciaban las figuras de la villa y la silueta de los pobladores dirigiéndose a los campos de arroz. Akiko se dejó invadir por la nostalgia de su tierra y, por un momento, pensó en no regresar nunca a la ciudad.
Las tejas del castillo se antojaba algo sueltas y la pintura había perdido su brillo. El edificio reflejaba una realidad modificada, nuevas costumbres tan drásticas que el servicio del kazoku Kitamura Morikate se había reducido a Yumi y Umiko, una pareja de ancianos. Akiko llamó a los sirvientes y su voz se perdió entre las puertas, difuminándose sin respuesta. Dirigió sus pasos al estudio de su padre, suponía que la concentración no le dejaba escuchar los ruidos mundanos.
De haber estado más altera, hubiera detectado, en la esquina de sus ojos, a Yumi y Umiko atravesados por lanzas y clavados a la pared del cuello.
Akiko se acercó a la habitación. Antes de abrir la puerta reprimió un escalofrío, un presentimiento que espantó con toda su energía. No se escuchaba el ruido de la pluma al raspar el papel. Empujó la madera y se detuvo al ver el cuerpo de su padre, agachado sobre su escritorio, la cabeza contra el pliego. En segundo plano vio la hoja de metal que le atravesaba la espalada y le había roto el corazón.
Dejó caer su alma de rodillas junto a su padre y comenzó a llorar sin poder detenerse. Lloró hasta olvidar el tiempo que corría a su lado en esta jornada y hasta sentir el aire del medio día que venía del mar y dejaba salados los labios. No quiso mover a Kitamura y cuando, por fin, las lágrimas se fueron reemplazando por una rabia honda, solamente se atrevió a quitar el papel que el haijin, su padre que nunca volvería ver, sostenía con la frente caída.
En la hoja de bordes ásperos y tersa superficie, había esbozado una cascada de flores, follaje de otoño, coronadas por una luna que, a esta hora, había adquirido un tinte escalofriante. El dibujo no era el fuerte de su padre, poeta convencido y genial, debajo del dibujo Akiko descubrió el haiku.
Bailo contigo
al compás de la muerte
hija mía, luz divina.
Pegó la hoja a su rostro, buscando el calor de su padre ahora frío y besó las letras trazadas por el poeta. El último renglón estaba escrito con sangre.
Akiko descolgó de la pared la katana Morikate, la misma espada que su padre no había tenido tiempo de usar, y la wazashi que se colgó al cinto. Recordó la voz de Kitamura y las horas que había pasado en relatarle la historia y los usos del arma.
- Una buena espada, adorada hija mía, debe ser capaz de cortar ocho cuerpos apilados y estar lo suficientemente afilada como para que, al sumergirla en el agua, sea capaz de cortar un nenúfar.
Ella blandió la hoja con ambas manos y un chiflido cruzó el aire. Después recogió con cuidado el mechón de pelo de su padre y lo guardó junto al pecho. No volvió la vista y, al salir, aventó un cerillo contra la madera. Akiko se lanzó a correr por la pendiente soltando el grito de odio detenido en su garganta.
Iniciaba una venganza que no se apagaría hasta cobrar la sangre con sangre, las deudas con dolor y el olvido con la muerte.
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