Silencios de metal

Ella lo recuerda ahora que lee la noticia. Un año después de sus últimas vacaciones. Habían llegado a la isla cuando la tarde se estaba desvaneciendo y ella recuerda el sabor de la sal en su boca, la quilla del barco cortando las olas y el faro sobre el acantilado. Una mancha blanca prendida sobre una roca y la luz que iba a alumbrar la noche. Luego, habían rentado un coche y en el auto se prolongó el silencio. Ella hubiera querido reír, platicar, aprovechar el espacio para contarle lo que nunca le había dicho a nadie en voz alta, tejer momentos en el tiempo. Él estaba concentrado sobre la carretera de campiña y ella s dejó hipnotizar por el vaivén de los faros sobre el asfalto y la hierba. El hostal estaba fuera de la ciudad y se alcanzaba por un camino de grava. Crujieron las piedras y resonaron en al aire apagado. Pagaron los cuartos y se separaron en la escalera. Ella estaba triste y enojada, por haber dicho que sí, por haber cedido una vez más. Porque a él le parecía necesario ahorrar cada centavo posible, habían pasado los últimos cinco días en camas separadas. No sabía si la enfurecía su propia angustia o la total indiferencia de él. Cruzó un largo pasillo y cuando halló el cuarto, se dio cuenta que todas sus ocupantes estaban dormidas y que hubiera sido imprudente prender la luz. Arrastró su maleta hacia la que supuso era su cama y decidió que ni siquiera iba a cambiarse. Se tendió sobre el camastro y supo que no iba a conciliar el sueño. Las diez o quince mujeres que la rodeaban producían, en conjunto, un barullo infernal. Los ronquidos de una, los resoplidos de otra, los crujidos de la cama, y la sensación de que estos cuerpos ajenos alrededor de ella, la estaban asfixiando. No supo cuándo se había quedado dormida, pero despertó bañada en sudor. Al levantarse, se mareó y sintió el comienzo de un ataque de pánico. Por un momento, no reconoció dónde estaba y pensó que estaba soñando. Le costaron varios minutos recordar a su acompañante, las vacaciones, la llegada al hostal. Decidió que necesitaba tomar agua. Tenía la boca seca y los cabellos pegados al cráneo. Recorrió el pasillo buscando el baño, pero sólo halló otras habitaciones vacías. Se detuvo en el rellano de las escaleras, pensó en buscar el cuarto de los hombres y despertarlo para un beso, una abrazo, una frase. Se dijo que no valía la pena y continuó subiendo hasta el tercer piso. Dos pasillos igualmente distribuidos se alineaban frente a ella y optó por la derecha. Al tercer intento, ubicó el baño y dejó que la luz del foco le abriera los ojos poco a poco. Se inclinó sobre el lavabo, tomó agua, se frotó los párpados y se mojó la cara varias veces. Advirtió la tina al echarse el cabello para atrás. Primero, le atrajo el estilo antiguo del mueble, las patas de león y el grifo estilizado, pero después notó las manchas sobre la superficie blanca. Pequeñas motas de sangre cubrían las paredes de la bañera. Ella soltó un grito que no se apagó hasta que hubiera alcanzado de nuevo su habitación. Se aseguró que la puerta estuviera bien cerrada y no quiso moverse más. Tampoco volvió al sueño y el amanecer la encontró de espaldas a la puerta, en cuclillas y entumecida. Hasta que se levantaron las otras y empezaron a hacerle preguntas, pudo reaccionar y bajar al comedor. En el trayecto, se dio cuenta que, dos recámaras más adelante, estaba el baño de las mujeres. El agua de las primeras regaderas ya se escuchaba. Él estaba sirviéndose doble ración del pan que regalan con el cobro de las habitaciones. Ella contó la historia, le dijo que no lo había soñado, empezó a llorar y le pidió que la acompañará arriba. Él le dijo que no quería atrasarse, tenían que seguir con el itinerario, que no quería problemas con el hostal. La abrazó sin demasiadas ganas, le pidió que no se pusiera histérica, y la mandó por su maleta. Él la dejó poco después y ella todavía se pregunta qué sería de ellos si estuvieran juntos. La saca del recuerdo la pantalla que de pronto se apaga. Mueve el ratón y lee de nuevo: “Policía británica encuentra restos humanos en antiguo reformatorio…”. En el artículo, el nombre del hostal aparece subrayado y ella lo mira fijamente sin atreverse a mover la mano, ni tragar la saliva que en su boca ha adquirido un sabor metálico.

Comentarios

Víctor Sampayo ha dicho que…
Vaya escalofrío, Alexia. Insisto, ¿no has pensado en reunir todos tus relatos en un sólo volumen que se pueda leer con la luz de una lámpara, poco antes de dormir?
Vedril ha dicho que…
Cuando me encuentro frente a la pantalla, procuro hacer una red de letras alrededor de una sensación o de un sentimiento. Capturarlo para darle una voz que resuene en aquellos que caigan en la trampa. En este caso me declaro una gustosa víctima. Te amo!
Víctor Sampayo ha dicho que…
Pues creo que 40 páginas son aún pocas para conformar un libro; es difícil que alguna editorial se aviente con un texto de menos de 100 páginas. Sin embargo (y esto te puede servir), he visto que Ficticia (la cual por cierto, tiene su sitio web en: www.ficticia.com) y Praxis, dos editoriales independientes, sí publican ficciones cortas, que según yo, es lo que escribes principalmente. Allá en Querétaro quizá podrías probar suerte con Tierra Adentro, que suele publicar a los jóvenes.

Pero también sería cosa de que siguieras escribiendo nuevos textos y, al mismo tiempo, pulieras los que ya tienes hasta volverlos casi unas gemas.
Yo creo que muchos de tus escritos son muy buenos, aunque debes ser más cuidadosa con algunas conjugaciones y otros detalles menores; en fin, cosillas que se pueden arreglar con sucesivas relecturas y, por supuesto, siendo muy crítico de uno mismo, que a veces es lo más difícil de lograr...

En fin. Saludos Alexia, seguimos en contacto.
Maus! ha dicho que…
Y LUEGO!?!?!?!?!
Ojalá la/el muerto/a se hubiera comido al imbécil del novio.
otro
otro
otro!!!

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