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El hombre de las langostas

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Estaba sentado con la quietud de una estatua, perfectamente recto a pesar de su edad, y con la mirada extrañamente fija sobre la pecera del restaurante; parecía absorto en el lento y a veces torpe nadar de las langostas, impedidas entre las rocas artificiales y el tamaño de sus pinzas, ejecutando danzas invisibles alrededor de sí mismas, todo ello contemplaba el hombre aún si de cuando en cuando una de ellas era sacada sin mayor miramiento para ser llevada a la cocina a un destino más que cierto, sólo entonces el anciano desviaba la vista hacia la pared o bajaba la cabeza hacia el plato. Es este gesto el que me hizo pensar en mi padre, este bajar lento de la mirada, como una larga sucesión de derrotas acumuladas, reprimidas y luego expresadas por un instante, un vistazo hacia el saldo total de una vida, y como el anciano estaba solo y yo también, y como él miraba las langostas, yo había decidido mirarlo a él.             Lo ate...

Al borde

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Void by Scope Sobre la mesa una copa, en la copa un hielo y mi mano que tiembla. Te he visto cruzar la pista como fantasma de otros tiempos, escondido entre los demás; imposible pero cierto que te vea hoy, luego de tantos años de habernos perdido. Apenas recuerdo el tono de tu voz, los contornos de tu rosto, un breve parpadeo y tu imagen se borra; no te volveré a encontrar. Prefiero apurar la copa y acallar los temblores con las manos por debajo de la mesa;  que nadie vea el desconcierto que provocan los muertos cuando han vuelto a caminar entre nosotros. 

Autopsia del viaje

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Puertas. Entrar, salir. Reconocerte, a ti. Entre miles sólo tú. En la multitud saberte extraña. Porque perteneces a otro mapa, tiempo. Cuando los años todavía no cobraban factura. La memoria me habla del verano, del hallazgo. Encender tu mirada con la intensidad de mi deseo. Deja que te hable de lo que vengo cultivando. Un boleto, una caja, un número de vuelo. La cadencia de tu cabello, ritmo olvidado. Carcajadas en el fondo del armario. Una caja donde guardarlo todo. Atardecer de una despedida. Adiós en silencio. Tus ojos. Puertas. 

Morfología de un aullido

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Lo nuestro terminó en un grito. Y no era de sorprenderse puesto que todo lo que tenía que ver con el Dr. Viel, en este momento apenas el joven Günter Viel, pasante de medicina, hoy en día una eminencia en cardiología, todo lo que giraba entorno al Dr. Viel en esa época – cuando era todavía mi novio y no un viudo de 59 años- eran alaridos pulmonares y agudas quejas. Al joven Günter se le había metido en la cabeza revolucionar la medicina, razón por la cual me tenía tan abandona y poco contenta, le había dado por enfrascarse en un estudio preciso de los gritos de pacientes del hospital general como forma de evaluar tanto la proveniencia del dolor como el grado de sufrimiento del mismo. Sobra decir que el único logro del estudio fue atraer miradas suspicaces de sus colegas y luego un descarte total de semejante escala de medición. Como colateral, hubo también una fuerte afectación del oído derecho del Dr. Viel que nunca le permitió recuperar por completo su capacidad de audición. E...

La espuma negra

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La marea regresa. Porque eso hacen las mareas, ¿no? Ir y venir. Sin detenerse. Sin destino. Siento la mía llegar. Me lame los pies. Susurra. Me llama a hundirse en su obscuridad. Faltan días, quizá horas, antes de verme cubierta por sus aguas negras. Su superficie inalcanzable. Sé que pronto estaré ahí de nuevo. Que tendré que luchar para respirar. Para moverme. Para escapar. Para vivir. Por el momento, disfruto de estar en la orilla. De estar a salvo. La miro de lejos y cuento el tiempo que corre sin detenerse. Antes dejarme engullir, una vez más, por el manto de una tristeza que viene y va, sin rumbo fijo; la marea de espuma negra que marca mis días. 

Surcos

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Dejó que las alas le ciñeran el cuerpo, su piel acariciada por las miles de plumas y sus sentidos embotados por el oxígeno impregnado en el aire. Dejó que los brazos de él le rodearán las caderas y entonces, sólo entonces, correspondió al gesto. Buscó ente los omóplatos, en el nacimiento de las alas, el lugar donde la carne estaba más tierna y a partir de ahí, desde este punto de partida, mandó las uñas hasta el coxis, surcando en la piel, cavando zanjas, esperando sentir la sangre entre sus dedos. El grito de él, desnudo ante la maldad de ella, fue tan placentero como presenciar la muerte de un estrella, como ver un mundo apagarse en una noche clara. Las caricias que siguieron después, el consumo final de sus anhelos no fue más que la resaca de este placer original.

Despedida

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La reja abre sobre un cuadro de arena. Los días de viento se forman remolinos y el polvo se cuela por debajo de la ventanas, los domingos juegan fútbol y los gritos penetran las recámaras. Vine a cerrar esta casa que ya no pertenece a nadie pero que era de mi abuela. Recorro la cocina y palpo los mosaicos azules, las cazuelas de barro y las cajas apiladas a la espera de su nuevo dueño. Cerca del comedor, las botellas a medias recuerdan uno de los vicios de esta señora que para mí siempre tuvo el pelo blanco y la palabra ácida. No la conocí bien. Convivimos cuando ella perdía la memoria y yo atravesaba una de las peores depresiones de mi adolescencia. Lo que sé de ella me lo ha contado mi mamá, empeñada en convencerme lo mucho que me parecía a mi abuela, desde el carácter hasta ciertas facciones del rostro. En mi memoria la abuela salta de un amor imposible a otro, viaja en tren para ver a su amante casado, baila en el Cotton Club al ritmo del jazz y asiste a fiestas donde el alcoh...

El tiempo que se agota

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Calico se mordió el labio. Un hilo de sangre se coló en su boca. Se arrepintió de haber salido sin avisar. Cierto que había cruzado la puerta sin saber a dónde se dirigía y que, en realidad, sólo había ido hasta el viejo mercado, a despejar la mente. Pero sentada en el metro vacío comenzaba a dudar de su atrevimiento. La cabeza le daba vueltas. Releía mentalmente el mensaje recibido por la tarde sin que las repeticiones aclararán el significado. Se concentró en el piso, mezcla de caucho y viejos chicles, y en los anuncios que desfilaban por las pantallas. En el techo, las luces amarillentas emitían un débil gemido de insecto moribundo. Calico estuvo por saltar de alegría cuando vio a la vieja entrar y sentarse en la misma fila. La anciana, en toda su debilidad física, le proporcionó una falsa seguridad. Sin querer, le estaba sonriendo. En la siguiente parada, entraron los hombres amarillos. Cruzaban la ciudad, enfundados en sus trajes anticontaminación, suscitando admiración ent...