
La reja abre sobre un cuadro de arena. Los días de viento se forman remolinos y el polvo se cuela por debajo de la ventanas, los domingos juegan fútbol y los gritos penetran las recámaras. Vine a cerrar esta casa que ya no pertenece a nadie pero que era de mi abuela.
Recorro la cocina y palpo los mosaicos azules, las cazuelas de barro y las cajas apiladas a la espera de su nuevo dueño. Cerca del comedor, las botellas a medias recuerdan uno de los vicios de esta señora que para mí siempre tuvo el pelo blanco y la palabra ácida.
No la conocí bien. Convivimos cuando ella perdía la memoria y yo atravesaba una de las peores depresiones de mi adolescencia. Lo que sé de ella me lo ha contado mi mamá, empeñada en convencerme lo mucho que me parecía a mi abuela, desde el carácter hasta ciertas facciones del rostro. En mi memoria la abuela salta de un amor imposible a otro, viaja en tren para ver a su amante casado, baila en el Cotton Club al ritmo del jazz y asiste a fiestas donde el alcohol se prepara en tinas. Encarna los años veinte, la mujer liberada, la eterna romántica.
A los lados de la escalera y por doquier en el segundo piso, se esparcen libros en español, en inglés y en su italiano natal. Mujer de mundo, lectora incansable, la abuela leyó y fumó hasta agotar su existencia, hasta que sus pulmones se colapsaron de humo y fatiga.
Subo los peldaños y escucho un ruido. No hay nadie en casa, la sirvienta no debe pasar hasta mañana, pero me alcanza este sonido al que llegamos a acostumbrarnos como a los ataques de ira de la abuela. Es el aliento del respirador artificial, de la bomba y la máscara que se colocaba la abuela entre cigarrillos blancos.
En los últimos días, cuando su voz desapareció, era el único sonido que emitía. Su cuerpo se había detenido y su mente, antes tan afilada, se había apagado, desconectado por pausas hasta volverse inexistente.
Pienso en las historias que me inventaba de pequeña, en la maleta que me proponía llenar de objetos imaginarios para viajar luego a cualquier parte. No me parezco a ella tanto como quisiera, pero al escuchar el ruido que me ha asustado y ahora desvanece, quiero prometerme recordarla y morir como ella, entre libros y con el orgullo de una soledad ganada a golpes de amores imposibles.
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Nada más, mis deseos de que estés bien y un abrazo.